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El líder ultraderechista crece en los últimos días de la campaña, aupado por el rechazo al PT y pese El odio mueve a Bolsonaro, el miedo hace que vuele
Monday, 08 Oct 2018 00:00 am
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Algo había cambiado al hablar de Bolsonaro, como si esa palabra en boca de todos en las últimas semanas de frenesí electoral significase ahora otra cosa. Durante meses, Bolsonaro, Jair Messias Bolsonaro, era un diputado que, a fuerza de ser grotescamente autoritario, ofensivo y retrógrado, lograba salir en titulares; y a fuerza de tanto titular, había logrado atraer a una creciente masa crítica de votantes exasperados con la mediocridad política brasileña. Esto le permitía liderar los sondeos de las presidenciales del primer país latinoamericano, hasta que alguien más serio le quitase el puesto. Pero nadie lo hizo. Y de repente, en los últimos días de las elecciones, precisamente cuando Brasil parecía lleno de actos en contra de la candidatura de este exmilitar paulistano de 63 años, el tono cambió. El nombre Bolsonaro empezó a inspirar peso, un cierto respeto; el de un nombre a quien los principales instituciones ya están dando la bienvenida al poder.

Este cambio tiene un inicio: el lunes 1 de octubre. Tenían que salir las últimas encuestas de estas frenéticas elecciones. Las primeras, además, después de un fin de semana que debía haberlo cambiado todo. Cientos de miles de personas se habían congregado en una treintena de manifestaciones para repudiar públicamente a este diputado. El rechazo era palpable y los sondeos solo tenían que reflejar lo que ya se veía en las calles. El establishment, que nunca contradice a la mayoría, le pararía entonces los pies. La pesadilla de esta candidatura estaba a punto de acabar. Los datos salieron al acabar la tarde: Bolsonaro había subido tres puntos. De un 28 por ciento de la intención de voto, tenía un 31por ciento. Y el establishment le abrió sus puertas.

El Frente Parlamentario de la Agricultura, es decir, el poderoso grupo ruralista del Congreso, manifestó su apoyo el martes: ya son 261 diputados y senadores. Luego vino el beneplácito del otro brazo todopoderoso: los evangélicos, sobre todo de Edir Macedo, el creador de la influyente Iglesia Universal del Reino de Dios y dueño de la televisión Record TV. Esos son 199 diputados y cuatro senadores (algunos se solapan con los ruralistas). Y aún quedan los que se preocupan por la seguridad, que no han manifestado su apoyo abiertamente pero sin duda lo harán.

Las encuestas también siguieron ese camino. El instituto Datafolha le dio el martes un 32 por ciento de la intención de voto; el jueves un 35 por ciento y el sábado un 40 por ciento.  El martes la Bolsa de São Paulo celebró estas noticias con el mayor alza desde 2016: un 4 por ciento. Bolsonaro, el mismo líder que ha dicho que las mujeres no deben cobrar lo mismo que los hombres, que prefiere un hijo muerto a uno gay y que si tiene una hija es por “un momento de debilidad”, que defiende la tortura y que “un policía que no mata no es policía” porque “la violencia solo se soluciona con más violencia”, se ha convertido en el activo político más rentable de Brasil.

Era la culminación de una estrategia de meses, en los que este militarista radical ha tirado del manual de instrucciones de Donald Trump para propagar una ideología todavía más peligrosa. Alienó a la prensa, enfrentó a la oposición progresista entre sí y se erigió como encarnación del antiestablishment. También ofreció soluciones: mano dura, violencia y valores de tiempos de dictadura. Para ello, en agosto se hizo con un vicepresidente, Hamilton Mourão, más feroz que él. Otro militar autoritario, que no se despeina al explicar en entrevistas que “los héroes matan”, que la constitución se puede reformar sin consultar al pueblo y que un Gobierno puede dar un “autogolpe” de Estado y poner al Ejército al frente de la seguridad nacional.

Muy pocos se vieron venir este desenlace. Bolsonaro, hijo de un dentista sin formación (algo ilegal pero no infrecuente en el Brasil de los años cincuenta), había pasado gran parte de su vida como un paria político. Primero en el Ayuntamiento de Río de Janeiro, donde se refugió tras ser despedido del Ejército por su actitud beligerante a mediados de los ochenta. Luego en el Congreso, donde llegó a principios de los noventa y se caracterizó por su tono agresivo, su nostalgia de la dictadura brasileña (1964-1985) y su incapacidad para sacar adelante ningún proyecto de ley. Cuando, en 2014, fue el diputado más votado de Río y empezó a ganar un número peligrosamente alto de seguidores, nada cambió: esos seguidores eran solo antisistema en un momento de crisis económicas. Nadie se le juntó. Incluso cuando este año las encuestas le nombraron favorito para ganar la primera vuelta, seguía siendo una aberración que el sistema acabaría subsanando.

Pero el sistema ha resultado funcionar de otra forma. Ha dado igual que Bolsonaro subiera el tono autoritario, hasta el extremo de decir que aceptaría los resultados de las elecciones solo si le daban la victoria (de eso se ha retractado). La palabra “dictadura”, como “Bolsonaro”, también se usa estos días como si tuviese significado. Como si en este país gigante, donde la represión militar no se sintió en muchos lugares, las virtudes de la democracia –democracia para qué, si hay 13 millones de parados, 67.000 homicidios al año, más que en ningún otro lugar del mundo, y las instituciones caen por la corrupción– fuesen una cuestión de discusión. Y Bolsonaro, además de un nombre, fuese una respuesta.