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¿Nos hemos preguntado qué es más importante en la vida personal: ser una mujer de éxito o realizada?

¿Cuáles son los obstáculos que la mujer encuentra a la hora de realizarse?

Desde pequeños nos enseñan a buscar el éxito. Pero preguntémonos: ¿qué entraña esta enseñanza? 

En primer lugar el éxito nos invita a participar en el neurótico «juego de la autotortura y el automejoramiento», como lo llamaba Fritz Perls, donde condenamos lo que somos y aspiramos a lo que no somos, cambiamos la realidad por expectativas y sustituimos el presente por un futuro que nunca llega, porque cuando llega y se vuelve presente, entonces ya no nos importa. 

En segundo lugar nos lleva a competir y de esa manera a convertirnos en esclavos de parámetros externos y foráneos: medidas y proporciones corporales, saldos bancarios, indicadores de gestión, ventas anuales, tests psicológicos, galardones y premios, etc.  El éxito es siempre comparación y medición; una invitación a mirar justamente hacia dónde no podemos encontrarnos: afuera. 

Y en tercer lugar, nos hace adictos al reconocimiento. Porque en el camino del éxito los jueces son los otros y nosotros nos hacemos esclavos de sus miradas. El éxito es un veredicto público. Para ser exitosos debemos ser una imagen que se muestra, una acción que se registra en las actas, una sonrisa que se fija en la foto, una experiencia que se vuelve historia maquillada para la compraventa. 

Ahora bien, recientes estudios de la facultad de psicología de Harvard, sobre la felicidad, dejan bastante mal parado al éxito. Han demostrado que las personas cuya vida es gobernada por motivaciones externas, como el dinero, la imagen y el estatus –todos criterios relacionados con el éxito– son mucho menos felices, que aquellas movidas desde adentro: por la búsqueda de sentido, la creatividad, el amor y la compasión. 

Por eso les propongo que hablemos de realización y no de éxito. Porque cuando hablamos de felicidad, importan mucho más las personas realizadas que las exitosas. La realización, a diferencia del éxito, está determinada por motivaciones internas como la conciencia y el sentido; la libertad y la elección; las relaciones íntimas y significativas consigo y con los otros; la creatividad y la expresión auténtica;  y la compasión y el servicio. Establecida esta distinción podemos preguntarnos : ¿cuáles son los obstáculos que la mujer colombiana encuentra a la hora de realizarse? 

"El Cuerpo", El cuerpo de la mujer colombiana es un campo de tensión y sufrimiento, el primer y más cruel escenario de inautenticidad, división, autorechazo, obsesión y miedo. Todas las mujeres tienen que vérselas con la inhumana escala del 90/60/90 hasta el punto de cortarse la carne o quitarse el amor propio o exiliarse calladamente. Yo me pregunto: ¿puede alguien realizarse cuando no puede aceptar su territorio, su existencia corporal? Hablar de realización cuando se está en guerra con el propio cuerpo es un despropósito. 

Pero de la relación viciada con la corporalidad se deslinda una sexualidad empobrecida. Y es que en esta sociedad machista, además de enajenar el cuerpo,  se reprime el poderoso erotismo y la superioridad sensorial de las mujeres. ¿Cuántas mujeres se sienten plenas sexualmente, cuántas viven sin miedo sus sensaciones y su capacidad de sentir éxtasis? Y las que lo hacen, ¿cuántas de ellas no inspiran temor y opresión en sus parejas masculinas? No es un secreto que erotismos silenciados equivalen a vidas opacas.

Pero también  la relación entre las mujeres y el tiempo. El afán y la precocidad son otras formas de violencia: las niñas son mujeres rápido, las mujeres dejan de serlo rápido. Solo hay pocos años para florecer y brillar en el estereotipo machista. La falta de presente rompe la presencia. El tiempo lineal masculino afana y profana cada segundo del tiempo de la mujer. 

Hay algo engañoso en la forma en que se han replanteado los roles de género y es que las mujeres terminaron haciendo todo el trabajo: son madres, proveedoras, profesionales, parejas. Y cuando no son lo uno por ser lo otro, las juzgamos implacablemente. Hay una epidemia de «mujeres maravilla» que se sacrifican a diario hasta reventarse, que a punta de presiones no se relacionan consigo mismas.  Solo una enfermedad aguda, o un ataque de pánico o una depresión profunda les devuelve la quietud que el «éxito» les arrebató. 

Y por supuesto, los hombres cobardes no pueden faltar en la lista de los obstáculos. Se sienten tan pequeños que no soportan la grandeza ajena, especialmente la de su mujer. Estos las necesitan pequeñas, predecibles, controlables y dóciles. El mensaje del cobarde es básicamente: «No brilles tanto porque me opacas», «no seas libre porque te pierdo», «no tengas proyectos propios porque te necesito abnegada y dependiente». Pero ojo, la mayoría lo dirá con elegancia: «Date un descanso», «pero si yo te doy todo». 

 

.Entre líneas hay una propuesta política: rechazar el deber del éxito y reivindicar el derecho a realizarse. 

 

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