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Una evaluación que empodere al estudiante como aprendiente

La necesidad de un cambio en el modelo de aprendizaje, está cobrando fuerza. El aprendizaje memorístico, descontextualizado y ajeno al estudiante, por fin va cediendo paso a un aprendizaje significativo, profundo, centrado en el estudiante y en el desarrollo de sus competencias. Adquirir contenidos no es suficiente, nunca lo ha sido, ¡aprovechemos el tirón!.

… y si el modelo de aprendizaje cambia, se requiere un cambio metodológico que lo haga posible: metodologías con base en modelos activos de aprendizaje, centrados en el estudiante y en escenarios reales, en la cooperación y en la construcción de significados. El aprendizaje basado en proyectos, el aprendizaje por descubrimiento, el Design Thinking, las Tareas Integradas… son algunas propuestas en esta línea.

Se trata de metodologías que sitúan al estudiante como protagonista en escenarios reales, en los que resolver problemas “reales” o crear productos “reales”.

Cuando el estudiante se sumerge en escenarios de este tipo, necesita saber cómo está siendo su progreso, necesita analizar como está trabajando, si va por el buen camino, qué cambios necesita realizar, qué recursos le ayudarían a mejorar, necesita contrastar y comentar resultados con el resto.

Por otro lado, en un contexto de aprendizaje ubicuo y permanente, necesita ser competente aprendiendo y esto pasa por saber definir criterios de evaluación personales y deseados, analizar resultados, identificar errores, tomar decisiones y seguir construyendo sobre ellas.

Para lograr un aprendizaje significativo y profundo, el cambio metodológico exige un cambio coherente en los procesos de evaluación que permita al estudiante pilotar su evaluación. Un cambio que sitúe al estudiante como protagonista, también de su evaluación.

Si quien ejerce la docencia sigue siendo el único agente que tiene voz para señalar lo correcto y lo incorrecto, lo que se necesita mejorar y lo que no, que reajustes son necesario; si el estudiante no está implicado en este análisis, valoración y toma decisiones, pierde el control sobre su trabajo.

Pretender que el estudiante afronte de forma significativa y profunda el aprendizaje y negarle el protagonismo en el control de su avance, es negar la mayor. Son fuerzas opuestas que se anulan. El cambio solo se puede efectuar si la evaluación está implicada, si efectúa un giro coherente con los nuevos escenarios. Una evaluación sumativa es necesaria, pero no es suficiente. Una evaluación formativa centrada en el rol docente es necesaria, pero no es suficiente. Necesitamos además, una evaluación que otorgue protagonismo al estudiante, que lo sitúe como responsable, que le conceda los beneficios de su esfuerzo y le permita asumir las consecuencias de sus actos.

Una evaluación pilotada por el estudiante, un estudiante implicado en la mejora de su rendimiento, en la optimización de sus esfuerzos, que persigue metas y desea llevarlas a buen puerto.

Los estudiantes han de ser los principales usuarios de la evaluación, ya que se trata de SU esfuerzo, SU proceso y SUS logros.

Durante muchos años la evaluación ha sido una herramienta en manos de docentes, que unilateralmente hemos tomado decisiones sobre las necesidades de mejora del estudiante, sobre su nivel de capacitación o sobre sus necesidades de regulación. La evaluación para aprender se sustenta en procesos dialogados y colaborativos, impulsados y participados por todos los actores. Esto requiere que el docente cambie su rol, también en lo referente a la evaluación.

Necesitamos una evaluación para APRENDER, pero también una evaluación para APRENDER A APRENDER y además una evaluación para APRENDERSE A UNO MISMO.
Una evaluación para APRENDER: para identificar errores y reconducirlos, para sentirnos protagonistas de nuestro proceso y asumir el aprendizaje desde motivaciones intrínsecas.
Una evaluación para APRENDER A APRENDER: que nos permita analizar y mejorar nuestros procesos de aprendizaje y nuestros procesos y estrategias de pensamiento. Una evaluación para APRENDERSE A UNO MISMO: que nos permita construir una representación constructiva de nosotros mismos, conocer nuestras capacidades y fortalezas pero también nuestras carencias y debilidades, aprendiendo a gestionarlas de forma responsable y positiva.

Se trata en definitiva, de una evaluación que además de ayudar a aprender, empodere al estudiante como persona y como aprendiente.

¿Porqué es necesario un cambio en la evaluación que implique al estudiante?

El aprendizaje no es lineal y “limpio”, entre que no sabemos y sabemos tienen lugar una serie de procesos, ajustes y reajuste, ánimos y desánimos, a veces irritación y cansancio; fallos, errores e inexactitudes, que lógicamente comete quien se enfrenta a nuevos conocimientos, quien se esfuerza en reformar ideas y estructuras previas, quien moviliza el conjunto de sus conocimientos, emociones y actitudes para dar a luz una nueva concepción personalizada.
Por esto necesitamos mecanismos de evaluación integrados en la secuencia de aprendizaje, que formen parte de ella, que nos permitan regular procesos, reorientar concepciones, corregir errores y proporcionarnos satisfacciones intermedias a través de la comprobación del logro de pequeñas metas, de los sentimientos positivos que proporciona comprobar que podemos, que somos capaces, que superamos nuestras inquietudes y miedos… Y nuestro autoconcepto crece y nosotros con él.

Algunas de las premisas que justifican la necesidad y la dirección del cambio que ha de imprimir la evaluación son las siguientes:

Un aprendizaje significativo y profundo solo puede ser realizado por el estudiante, nadie lo puede hacer por él. El estudiante debe situarse como protagonista, debe tomar el control de su trabajo y esto pasa por tomar el control de su evaluación.

El esfuerzo cognitivo exigido por el aprendizaje significativo, necesita del estímulo facilitado por el logro de metas intermedias, por este motivo las dinámicas de evaluación han de integrarse durante, no solo al final y los logros han de sentirse como propios, no como tributos que otorgamos al docente a cambio de una calificación. Aprender es un proceso duro y costoso. Contar con mecanismos que refuercen la motivación intrínseca puede ayudarnos a mantener el esfuerzo.
Cuando el estudiante, de forma responsable analiza su proceso, identifica sus logros, toma conciencia de su punto de partida y llegada, se da cuenta no solo de que ha aprendido, sino de que puede aprender.

En la sociedad del conocimiento, somos aprendientes de por vida, ¡nos conviene hacerlo bien! una evaluación formadora, centrada en el aprendizaje, ayuda a conocer y optimizar nuestras estrategias cognitivas, a adquirir experticia en la autogestión de nuestros procesos de aprendizaje.

¿Porqué el cambio hacia una evaluación centrada en el aprendizaje?

El principal interesado en conocer si su trabajo va en buena dirección ha de ser el estudiante.
Quien mejor puede identificar sus dificultades ha de ser el estudiante. La implicación del estudiante no es posible si carece de control sobre sus resultados, si no puede redirigir sus procesos, si no tiene voz en la toma de decisiones sobre su proceso, en definitiva si no ejerce su derecho a autoevaluarse durante el proceso.
Quien mejor puede identificar lo que le resulta de ayuda para la realización de la tarea, para superar dificultades y corregir errores, ha de ser el estudiante.

El estudiante necesita el dialogo con el docente para realizar este proceso.

El docente es fundamental para que el estudiante pueda realizar una evaluación de este tipo, sin su apoyo, ayudas reflexivas, recursos, planificación y soporte emocional, sería inviable La colaboración entre estudiante y docente y entre estudiantes, es imprescindible para valorar qué está ocurriendo, qué dificultades hay, qué nuevas vías pueden abrirse, comprender como evoluciona su trabajo e identificar errores y aciertos
El estudiante es el principal sujeto de la evaluación, sin su aporte, no es posible que el profesor tenga una visión real de lo que está ocurriendo, ni de cuales son las medidas acorde con el momento en el que se encuentra. Se trata, por lo tanto de un análisis y una toma de decisiones participada por todos los actores del proceso.

¿Cómo se realiza entonces, una evaluación centrada en el aprendizaje?

La evaluación centrada en el aprendizaje se entreteje en el mismo proceso de aprendizaje, forma parte de él, lo impulsa y enriquece. Veamos 10 ideas clave para su implementación:

1. Hemos de partir del diseño de una experiencia de aprendizaje potencialmente significativa y apetecible para el estudiante (y también para el docente). La experiencia de aprendizaje que ofrecemos es fundamental.

2. La evaluación centrada en el aprendizaje se realiza al mismo tiempo que el aprendizaje, cuenta con recursos que permiten al estudiante y al docente hacer su seguimiento e informar de su calidad, necesidades de mejora y necesidades de ampliación y refuerzo.

3. El diseño de la secuencia debe ofrecer actividades de aprendizaje, motivación y EVALUACIÓN en un continuo coherente e integrado, en el que unas se retroalimenten de las otras. La evaluación está ligada a tareas y actividades autenticas y significativas, no se trata de una prueba específica para evaluar, sino de evaluar cuando se está produciendo el aprendizaje. Para ello el estudiante necesita contar con recursos y estrategias, que le faciliten la realización de un análisis reflexivo y la toma de decisiones sobre su proceso.

4. El estudiante debe estar implicado desde el principio. Implicado en lo qué vamos a hacer, con qué, cómo, qué objetivos perseguimos y cuales son los CRITERIOS de evaluación que perseguimos.

5. Los criterios de evaluación ¡fundamentales! El estudiante ha de conocerlos desde el principio, son su referente, el norte que le guía. En su definición también ha de tener participación y posibilidad de decidir criterios personales “los que personalmente decide”.

6. Planificación y recursos. El docente debe proporcionar al estudiante recursos y planificar momentos para la autoevaluación, la evaluación entre pares y la heteroevaluación. Momentos que tienen identidad en si mismos, al tiempo que se comprendan como un momento natural y lógico dentro del proceso de aprendizaje, necesario para reconducirlo, para analizarlo y comprenderlo. Han de contribuir a aprender, pero también a aprender a aprender y aprender como aprendemos.

7. La evaluación comprende que el aprendizaje es un proceso en el que cometer errores es natural, lógico y necesario. La evaluación ha de proporcionar al estudiante herramientas y estrategias para identificar los errores, comprender los proceso que han llevado a cometerlos y los reajustes necesarios. El estudiante debe disponer de estrategias, recursos y momentos para la reflexión, el metaaprendiaje y la toma de decisiones.

8. El dialogo reflexivo entre profesor y estudiante y entre estudiantes, es imprescindible. La evaluación es un proceso dialogado.

9. Los resultados de la reflexión y análisis que proporciona la evaluación para aprender tienen como finalidad retomar las actividades de aprendizaje a la luz de sus resultados, no son un punto y final, son la coma necesaria para continuar trabajando.

10. Para que el estudiante pueda pilotar la evaluación, necesita aprender a hacerlo. No podemos pasar de una evaluación centrada en el docente, a una evaluación centrada en el estudiante de la noche a la mañana, ha de planificarse y graduarse, ha de contar con recursos didácticos que permitan al estudiante aprender a gestionar el proceso de evaluación pero también a desarrollar las destrezas y capacidades necesarias para ello.
Tomado Por Evaluacción.es
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